lunes, 1 de enero de 2018

Fábula de Navidad: Los renos de Papá Noel y el perro guardián



Había llegado la noche del 24 de diciembre a un pequeño pueblo muy pintoresco, ubicado al sur de Buenos Aires, y Papá Noel iba arribando con sus dos simpáticos y laboriosos renos.
Ya cansados de tanto andar, pero siempre cumplidores y bondadosos con su trabajo, los renos aterrizan rápidamente en una casa muy bonita, de donde habían recibido tres pedidos muy especiales de tres niños que vivían allí.
No había tiempo para perder, pero desafortunadamente, delante de la puerta de la casa se topan con un lindo y buen perrito, que rabiosamente comienza a ladrar y ladrar sin parar, gruñendo y mostrando todos sus dientes, con un gesto muy poco amigable.

—¡Cállate amigo! ¡Ya para de una vez por favor! Somos los renos de Papá Noel, y tenemos que entrar a la casa para dejar los regalos que nos pidieron los tres niños que viven aquí— exclamó uno de los renos, presentándose, en un intento de calmar al buen perrito.
—¿Tú cómo te llamas?—le preguntó el otro reno para generar confianza.
—Solo mis amos y amigos me llaman Lassie, así que para ustedes con perro es suficiente. ¿A estas horas de la noche piensan entrar a la casa? ¿Con permiso de quién? Yo no tengo ninguna autorización para dejarlos pasar, y a mí me cuidan y me dan de comer para que yo los proteja incondicionalmente a esos tres niñitos que ustedes dicen que viven acá; que dicho sea de paso, me gustaría saber cómo es que lo saben—expresó el perro.
—¡Pero que perro gruñón, joder! ¿No te das cuenta que venimos, como todos los años, a estas horas de la noche, para que cuando los niños se levanten, encuentren debajo del árbol de navidad los regalos que ellos nos pidieron, en las cartas que nos enviaron?—dijo el otro reno, ya un poco ofuscado y perdiendo la paciencia.
—¿Les pidieron regalos a ustedes? ¿A ver, díganme, que les pidieron?—los desafió el perro a los renos.
—El niño más chiquito nos pidió palabras, el del medio nos pidió respeto, y la niña más grande nos pidió amor—respondió uno de los renos.
—¡Vaya regalos! ¡Eso si que suena bien, aunque un poco extraño! ¿Cómo es que le pidieron palabras a ustedes, si ellos siendo humanos, teóricamente son los usuarios exclusivos de las palabras? ¿Respeto? ¿Si teóricamente hace millones de años, que están gobernados por un montón de leyes, para ordenarse y diferenciarse de nosotros? Amor, amor...controvertida y paradigmática palabrita. Si justamente los afectos son el relevo de nuestro instinto 
animal—cuestionó el perro.
—Bueno, pero de todos modos parece que algo no les está funcionando muy bien. En el polo norte, nos han llegado lamentables noticias de situaciones de mucha violencia, intolerancia, desprecio, irresponsabilidad, necedad, egoísmo, maldad...
—Hey, hey, hey...acá no me vengan con tantos ideales he, que el paraíso ya sabemos que en esta tierra está perdido—lo interrumpió el perro.
—¡Pero que perro rabioso que resultaste! No somos idealistas. Sabemos muy bien que todo eso forma parte de la miseria humana, pero convengamos que por momentos, al menos nosotros, nos confundimos un poco respecto de cuál es el reino animal y cuál es el reino humano. Púes, si no circula la palabra y no hay respeto por las normas y entre las personas, no hay lugar para el amor, y los afectos se pueden tornan en pasiones violentas que suelen llevar a la peor destrucción...y entonces no hay mucha diferencia con nuestro mundo 
salvajeconcluyó el reno.
—¡Madre mía! ¡Que reno sabio que resultó tener Papá Noel!—exclamó sorprendido el perro—Mmmm, puede ser que me estén convenciendo. Está bien, pasen. ¡Pero cuidado con hacer ruido, eh! A ver si se despierta algún niño y se asusta al verlos—agregó el perro.
—¡Ahí está! ¡Bien hecho amigo! Ves que si conversamos como animales civilizados que somos, en vez de que nos ladres como si fuéramos bestias salvajes, nos entendemos un poco más. Pero de todas formas, pensándolo un poco mejor, no vamos a dejar todos estos regalos aquí—dijo el otro reno, mientras iban entrando a la casa—vamos a dejarles solo una parte, y repartiremos un poco de cada uno ellos por las demás casas que seguro también les hace falta.
—¡Bueno, bueno, pero rapidito he, que les queda mucho trabajo por hacer todavía, y la noche es corta!—terminó diciendo el perro, un poco contrariado entre la decepción y el acuerdo con la decisión del reno.

A la mañana siguiente, los niños se levantaron y mientras iban abriendo los regalos que les habían dejado los renos de Papá Noel, festejaban alegremente por aquella parte de la caja partida que faltaba en cada uno; ya que era señal de que sus regalos habían sido compartidos, tal como ellos lo habían deseado, con un montón de otros niños de ese hermoso pueblo, y seguramente también con un montón de otros más, y tal vez no tan niños, de otras partes del mundo.




B.C

miércoles, 13 de diciembre de 2017

SEGUNDOS




Tardaría en encontrar la llave que necesitaba, y del otro lado las llamas ardían.
Se veía el humo desde la acera de mi casa. No podía demorarme más.
Aunque el cuerpo me temblaba de la desesperación, junte todas mi fuerzas y de una patada abrí la puerta.
Ahí estabas cariño, incinerándote, transformándote en cenizas dentro de la chimenea.
Si hubiese llegado tan solo unos segundos antes.
La carta que me escribió Leo antes de morirse, se quemó frente a mi ojos. 
La había guardado entre los periódicos viejos, en el intento de olvidarlo.
Aquella tarde me detesté miserablemente, lo había vuelto a perder.


B.C

lunes, 4 de diciembre de 2017

OBJETOS PRECIOSOS




No pudo seguir adelante sin ella.
Quedo congelada en aquella desoladora montaña cubierta de nieve.
Con sus labios morados y sus ojos secos, no pudo derramar las lágrimas de su desesperado llanto interno.
El dolor que sentía en su pequeño pecho no sabía si era porque se le estaban helando los pulmones, o se le estaba partiendo el alma.
Aún hoy, cuarenta años después, Christine la sigue buscando día y noche sin parar a su querida y preciosa muñeca Pepa.  



B.C

sábado, 18 de noviembre de 2017

UNA CARTA LLEGA SIEMPRE A SU DESTINO



Fue un jueves 18 de noviembre cuando perdí la oreja. Recuerdo que estaba con mi hermana frente al espejo del baño. Ella se lavaba los dientes, mientras yo me maquillaba. De pronto, a mí se me cae una oreja. Intento agarrarla, pero es en vano. La veo hacerse añicos contra el porcelanato gris del piso, y la doy por perdida.

Recuerdo que el corazón me latía muy fuerte. Automáticamente pegué un grito y me aferre con fuerza a la mesada negra de mármol del lavatorio, para no caerme. Levanté la vista buscando la mirada cómplice de mi hermana en el espejo, y no pudimos contener la risa.

Sus ojos celestes lo decían todo, y el rubor recién puesto en mis mejillas ni se notaba ante la palidez que invadió mi cara. Contrariamente a su extenso pelo rubio, mi corta caballera morena dejaba todo a la vista.

—¡Ema, te va a crecer otra oreja!— exclamó alegre mi hermana. O al menos eso es lo que recuerdo haber escuchado, ya que estaba un poco ensordecida por el acontecimiento.

Instantáneamente, comenzó a crecerme una oreja nueva. Y en cuestión de segundos nomas, ya estaba todo nuevamente en su lugar.

Claro, no era la primera vez que me pasaba una cosa así. No es cosa de todos los días tampoco, pero de tanto en tanto, eso me sucede. Desde que tengo uso de razón, de vez en cuando a mí se me cae una oreja y me vuelve a crecer otra nueva.

Nadie sabe muy bien por qué me pasa eso. Visité médicos, científicos expertos, brujos, curanderos, religiosos, y nunca tienen mucha idea de lo que decirme. Para mí no hay explicación alguna, me pasa y punto.

Ya despidiéndome de esa oreja, pensé:

    —¿Y ahora qué?
Con una oreja nueva, sabía que todo iba a ser distinto. Pero no tenía ni idea de lo que venía y eso me asustaba un poco, a la vez que me entusiasmaba bastante también. Me acordé entonces que ese día por la mañana había recibido un correo electrónico que en el asunto decía:
    -Cosas que te pasan si estás vivo...

Lo abrí y en el cuerpo del mail indicaba:
    -Si estás leyendo esto, envía la confirmación de recepción del mail.

Y sin saber muy bien por qué, respondí:
- Recibido.

El asunto es que con cada nueva oreja, escucho cosas distintas. Por ejemplo, con la primer oreja escuchaba las palabras dulces y tiernas de mis papás. Con la segunda oreja, escuchaba las palabras de mis maestros y la música clásica en las clases de baile. Con la tercer oreja, escuchaba las palabras de mi primer novio, las interminables charlas con mis amigas y las apasionantes clases de abogacía en la facultad.

Por eso, podríamos decir que lo que me sucede es más bien una renovación de oreja. Pues, con cada oreja que se me cae hay una nueva que me crece, y a su vez también algo nuevo que escucho y algo que dejo de escuchar. Obviamente, seria imposible y terriblemente enloquecedor escucharlo todo. Por lo tanto, cada oreja que se me cae la doy por perdida.

Ahora, la verdad es que debo confesar que el momento del cambio entre una oreja y la otra, es bastante doloroso; pero son solo unos segundos, y con el tiempo ya me voy acostumbrando.

—Es la sexta, y cierto que esta vez le tocaba a la oreja derecha— recuerdo haberle dicho a mi hermana aquella noche, mientras juntaba con un trapo del piso del baño, los pedacitos de la oreja que se me había caído. Por suerte, ni una gota de sangre.

—¿Llevas la cuenta?— me preguntó sorprendida mi hermana.

—Bueno, sinceramente creo que ya estoy un poco mareada— respondí.

Porque claro, no siempre se me cae la misma oreja. Lo cual desde ya sería cosa imposible, pues si se me cae una oreja y me vuelve a crecer otra nueva, jamas va a ser la misma. Siempre va a ser otra distinta la que se me vuelva a caer.

Pero lo más curioso, es que una vez se me cae la oreja derecha y a la vez siguiente se me cae la oreja izquierda; y así sucesivamente, de modo alternado.

—¿Cuál se te cayo primero?— me preguntó mi hermana.

Lógico, ella es tres años menor que yo. Por lo tanto, aún no existía probablemente cuando a mi se me cayó la primer oreja.

—Eso sí que no lo recuerdo— le respondí, después de pensarlo un poco.

—Pero supongo que está bien que así sea— añadí.

Creo hay cosas que son imposibles de recordar como modo defensivo. Porque esa primera vez, sí que debe haber sido tremendamente doloroso y muy horroroso. ¿O acaso alguien recuerda cuándo se le cayó el cordón umbilical? Seguramente hay cosas que son necesarias conservarlas en el olvido.

Entre alegre, nerviosa y asustada, terminé de maquillarme luego de haber tirado a la basura los pedacitos de oreja, y sonó la bocina de la moto de Eimon. Un músico muy chulo, apenas unos años más grande que yo, que había conocido la noche anterior por casualidad; como suele pasar con los buenos encuentros. Yo tomaba una copa en el bar de la vuelta de mi casa después del trabajo, y él tocaba plácidamente su guitarra azul, ambientando con música jazz la noche del lugar.

Enérgicamente, un poco exaltada como suelo ponerme cuando estoy nerviosa, le dí un beso grande a mi hermana, agarre la cartera roja que me combinaba con los zapatos, la campera de cuero negra, y salí corriendo a su encuentro.

La noche con Eimon comenzó genial. Todo iba resultando perfecto. El encuentro en la puerta de mi casa con un beso suyo que me rozó los labios, el viaje en su moto con una brisa fresca que me acariciaba la cara llevándose todos mis nervios, y el pequeño restaurante con música jazz, por supuesto, al que habíamos arribado. Luz tenue, mesas bajas con sillones, y comida flexiteriana. Hermoso. Parecía una gran velada romántica.

De pronto, durante la cena, la conversación se torno un poco rara. Mientras Eimon me hablaba muy entusiasmado de su pasión por la música, comencé a escuchar algo un poco extraño. Primero fue un zumbido y después, unas risas que me contagiaban y me producían muchas ganas de reírme. No lo podía evitar.

Al principio pensé que era alguien del restaurante que se estaba riendo, y me reí a carcajadas yo también. Pero después, como las risas insistían, mire para ambos lados y solo había dos parejas más sentadas en unos sillones, de las cuales una se estaba comiendo la boca a besos y la otra estaba con los cachetes llenos de comida; por lo tanto me di cuenta que solo yo escuchaba esas risas.

Enseguida sospeche que era mi oreja nueva que tenía interferencia. No lo podía creer. Esta oreja me había crecido fallada. Nunca me había pasado una cosa así. O al menos, nunca me había dado cuenta de tener interferencia en mis orejas.

Intenté retomar el hilo de la conversación, pero volví a escuchar las risas y me volví a reír. Y entre el jazz que sonaba muy bajo en el ambiente, y mi risa que suena como un trompeta reverberando en la cúpula del teatro colón, la pregunta vino de suyo.

—Disculpame Ema, ¿Estás bien?, ¿De que te reís?— me preguntó Eimon.

Lo primero que se me ocurrió decirle fue que me acordé de un chiste, y pasó. Pero claro, después de dos o tres veces, la situación comenzó a incomodarme muchísimo y no sabía muy bien qué hacer. Iba a pensar que estaba loca o que era estúpida. Fui varias veces al baño para intentar acomodarme la oreja, pero no había forma. Seguía con la interferencia.

Finalmente le dije a Eimon que necesitaba volver a mi casa, y me llevó en su moto sin hacerme demasiadas preguntas, por suerte. Ya en la puerta, nos despedimos muy rápidamente, y entré corriendo a refugiarme en mi guarida. Quería que pronto se termine esa cita.

El me gritó mientras yo me iba:

— ¡Hablamos!

A lo cual yo solo asentí con mi cabeza, sin pensarlo mucho, y lo salude con la mano en alto.

Tenía mucha bronca. La primera cita que realmente me interesaba después de años de haber terminado con el idiota de Pedro, y me viene a pasar una cosa así. Que injusto. Me di una ducha bien caliente, me tome un té, y me fui a dormir.

Durante los días siguientes Eimon me llamó por teléfono varías veces, me envió unos cuantos WhatsApp, y no respondí a ninguno de sus mensajes. Seguía sin saber qué decirle, porque la irrupción de las risas en mi oreja aún continuaban.

Estaba realmente contrariada conmigo misma. Cómo le explicaba una cosa así. Pero a la vez, quería volver a encontrarme con él. La pasaba tan lindo escuchándolo hablarme de música, contándome de sus anécdotas en las bandas donde había tocado, los bares donde iba a cantar, el disco que estaba grabando.

Imagínense, yo los cinco días de la semana, ocho horas encerrada en un estudio jurídico llena de papeles, yendo dos veces por semana, como mínimo, a tribunales a revisar expedientes. Lo mejor que escuchaba a diario era la música del teléfono sonar. Un aburrimiento existencial.

A él sin embargo, le resultaba muy interesante el mundo del derecho. Tal vez, porque era todo al revés que el suyo.

Pasadas unas semanas, supongo que se dio por vencido y no intento más comunicarse conmigo. De todas formas, yo no lograba sacarlo de mi cabeza y fantasear con volver a viajar en su moto.

Pero estaba paralizada. No me atrevía a afrontar semejante paradoja. ¿Decirle a un músico las cosas realmente extrañas que me pasan con las orejas? Era obvio que como mínimo se me iba a reír en la cara, y acto seguido, si te he visto no me acuerdo. Que vergüenza.

Estaba muy apenada de mi misma, pero como dicen teóricamente que el tiempo ayuda a olvidar, suponía que ya se me iba a pasar toda esa historia adolescente de la chica correcta enamorada de un músico excéntrico; y Eimon pasaría al cajón de los recuerdos.

Pero no fue así. Después de unos meses, nos volvimos a encontrar, ya no se si por casualidad, en el mismo bar de la vuelta de mi casa. Yo tomaba una copa y él tocaba la guitarra. Y hoy, sábado dieciocho de noviembre, estoy nuevamente esperándolo que me pase a buscar con su moto, para ir a celebrar nuestro segundo aniversario. Pero esta vez, en el bar donde él presenta su disco. Que por lo de más, me lo dedicó especialmente para mí. Le puso por título: Happy New Y-ear!

Decidí contarle la verdad. Tal vez fue el tornado de emociones que Eimon me hizo sentir, lo que me empujo a tirarme por el precipicio. Me arriesgue, y no me fue nada mal. Solo un poco de adrenalina mientras tanto, pero luego el alivio fue instantáneo.

Le conté todo desde el principio, con la naturalidad que esto tiene para mi. Y luego le aclaré lo de aquella noche, explicándole que no sabía muy por qué, pero aún persistían esas risas que por momentos irrumpían en mi oreja.

Le dije que ya lo estaba pudiendo disimular bastante, y que igualmente a veces me resultaba muy divertido escuchar en algunos momentos esas risas. Me cambiaban el ánimo y me hacían más alegre los días. Tal vez, es lo que necesitaba para mi vida. No lo sé.

Recuerdo que para mi asombro, las primeras palabras de Eimon fueron:

—¡Que maravilla! ¡Eso sí que suena genial, eh!

No me lo olvido más. Me causó tanta gracia la curiosidad que le produjo a Eimon. Quería que le cuente detalles. Es lógico, después de todo, entiendo que puede sonar un poco raro todo este asunto de la oreja. Pero al fin y al cabo, es como los dientes, la única diferencia es que no sé cuál va a ser la oreja definitiva; si es que la va a haber, o más bien serían siempre orejas temporales o de leche...

Al menos mientras siga viva...

Por suerte, luego para Eimon el asunto de mi oreja pasó a ser una mera trivialidad. Y aquí seguimos, por ahora, yo con la misma oreja, que por momentos tiene la misma interferencia. La pasamos muy bien cuando estamos juntos. Nos reímos mucho, por supuesto. Y mi vida cambio radicalmente.

Deje el estudio jurídico, y ahora me ocupo de organizarle la gira a Eimon para que presente su primer disco. Lo acompaño casi siempre. Ya recorrimos cinco ciudades y está empezando a grabar el próximo disco. Veré como sigo con mis asuntos laborales. Por lo pronto, disfruto de esta increíble experiencia y de su bonita compañía.

Indudablemente, ese músico chulo, excéntrico y original, que tocaba jazz con su guitarra azul, ¡era para mi!. O al menos, eso es lo que ahora quiero creer.

Lo que aún me sigo preguntando, es si se me cae la oreja y entonces luego me crece una nueva, o más bien al comenzar a crecerme una nueva oreja, se me cae la vieja...

Supongo que en cualquier caso, lo que importa es el recambio. Al fin y al cabo, tal como me dijo Eimon aquella noche, seguramente debe ser muy aburrido llevar puestas siempre las mismas orejas.



B.C


martes, 31 de octubre de 2017

Escrito en la-lengua




Violeta escribe. Escribe, escribe y escribe.

Escribe desde siempre. Escribe en su computadora por las mañanas cuando se levanta. Escribe en un cuaderno mientras almuerza. Escribe por las tardes en hojas sueltas. Escribe en los azulejos mientras se baña. Escribe cuando cena y después de cenar. Escribe antes de irse a dormir. Escribe para dormirse y escribe mientras duerme. Sí, Violeta escribe dormida y escribe despierta. No puede parar de escribir.

Violeta es una joven muy inquieta, podría decirse. Lo que tiene de interesante, lo tiene de enigmática. Lo que tiene de reservada, lo tiene de extraña. Piel blanca, cabellos oscuros y ondulados. Ojos color miel. Mirada intensa, misteriosa, y atrapante. Nunca pasa desapercibida, aunque es lo más que le gustaría.

A Violeta el impulso a escribir le brota de las entrañas. Es un impulso incontrolable. Violeta escribe tras una agitación incesante que se apodera de ella. Escribe gobernada por un ajetreo constante. Escribe sin pausa, sin tiempo ni espacio. Escribe desesperada. Escribe inquieta y abrumada. Escribe rabiosa, sin saber lo que escribe. Escribe sin importarle lo que escribe. Violeta escribe sin sentido, para que su existencia tenga algún sentido.

Violeta vive en la gran ciudad de Buenos Aires, en un pequeño departamento que heredo de sus padres, tras un trágico accidente automovilístico que se cobró la vida de ellos cuando Violeta tenía 30 semanas de gestación. Violeta logro sobrevivir, y estuvo institucionalizada en un hogar hasta su mayoría de edad, como así lo había indicado su padre, en las últimas semanas que estuvo en la clínica luchando entre la vida y la muerte.

Una tarde de verano, sentada en el pequeño balcón del noveno piso donde vive, Violeta empieza a escribir dolorida, extraña. Las manos no le responden. Las yemas de los dedos no las siente. Un cosquilleo le corre por los antebrazos. Le sudan las palmas de las manos. Pero sigue escribiendo. Es que no puede parar de escribir.

Angustiada, desolada. Con mucho esfuerzo y preocupación, Violeta continúa escribiendo. Escribe cada vez más lento. Escribe cada vez más asustada. Escribe cada vez más.

Va transcurriendo el verano, y con el paso del tiempo, a Violeta se le intensifican las sensaciones extrañas y los dolores en sus manos. Por momentos se le paralizan las articulaciones de los dedos. Se le hinchan las muñecas. El cosquilleo en los antebrazos ya se ha convertido en un latido constante. Pero Violeta no puede parar de escribir.

En el escritorio de su habitación, con el aire caliente y el sol entrando por la ventana, Violeta sigue escribiendo. Aturdida por las bocinas y los buses que transitan por la avenida a donde da su piso, Violeta pasa allí horas y horas, siempre escribiendo. Es su sitio preferido. El ruido de las obras en construcción y los gritos de los niños que juegan en los patios de las escuelas vecinas, es la música de fondo de todos sus días.

Violeta recibe una pensión por incapacidad, aunque algunos de sus escritos son publicados en la revista del barrio. Violeta no puede vivir sola, está al cuidado mío, que soy la portera de su edificio, según el acuerdo al que llegamos con el juzgado de paz, retribuyendome a cambio la posibilidad de alojarme en su hogar.

En la madrugada del 21 de marzo, con la llegada del otoño, Violeta se despierta sobresaltada, empapada en transpiración, con taquicardia y sin poder respirar. Enciende la luz y ve que le faltan algunos dedos. Instintivamente, los empieza a buscar por entre las sábanas. Y con el correr de los segundos, comienza a ver cómo le van desapareciendo todos los dedos de las manos.

Violeta no entiende si esta dormida o despierta. Si lo que ve, o mejor dicho, lo que no ve es real o se trata de una espantosa pesadilla. Cierra los ojos y los vuelve a abrir. Apaga la luz y la vuelve a encender. Pero todo sigue igual. Los dedos de las manos ya no están.

A Violeta se le cae el lápiz con el que estaba escribiendo, mientras estaba dormida. Ya no lo puede sostener. Ya no se puede sostener.

El desenfreno es brutal. Ahogada en un alarido feroz, Violeta se pega la cabeza contra la pared. Corre por toda la habitación, rebotando de esquina a esquina. Grita cada vez más fuerte. Corre cada vez más rápido. La perplejidad y el horror es devastador.

De pronto, Violeta ya no grita. El silencio se torna ensordecedor.

Ese día, Violeta cumple 30 años. Ese día, Violeta comienza a hablar.

Nunca lo había hecho en su vida. Violeta nunca había pronunciado palabra, hasta ese día. Su voz le resulta totalmente ajena. Se le seca la boca y le cuesta mover la lengua. Violeta no sabe qué decir, pero los labios se le mueven solos. Las oraciones salen de su garganta como una imparable catarata.

Totalmente desconcertada, Violeta juega con su voz y con las palabras. Canturrea alguna cancioncita que recuerda haber oído por ahí. Habla más fuerte y habla más bajo. Camina por toda la casa mientras continúa hablando.

De inmediato, los dedos de las manos le aparecen nuevamente. Sus manos le responden otra vez. Las sensaciones extrañas en los antebrazos no están más. Violeta intenta varias veces volver a escribir. Pera ya no hay vuelta atrás.

Ahora Violeta habla. Habla, habla y habla. Violeta no puede parar de hablar.

Habla cuando se despierta. Habla mientras desayuna. Habla por las mañanas y habla por las tardes. Habla mientras merienda y habla cuando se baña. Habla a la noche. Sí, habla dormida y habla despierta. Violeta habla para despertarse. Habla sin sentido. Habla para que su existencia tenga algún sentido.

A Violeta el impulso a hablar le brota de las entrañas. Como un fuego ardiente, que le quema la garganta.

Habla agitada, habla inquieta, habla sin pausas.

Violeta habla como escribe y escribe cuando habla.

Hundida en una impotencia absoluta tras los intentos fallidos por volver a escribir, triste y atormentada por no poder publicar más, Violeta me pidió que escriba su historia. Y así fue como ella me la contó, y así es como yo la escribí.

Escrito en la-lengua.

B.C


sábado, 30 de septiembre de 2017

DORMIR CONTIGO...



No puedo dormirme sin tocarte,
y al tocarte no me puedo dormir.

El sonido de tu respiración me desvela,
los latidos de tu corazón me serenan.

Doy vueltas en la cama y me cuesta creerlo,
dormir contigo es el camino más directo al paraíso.

A veces pienso si esta será la ultima noche durmiendo a tu lado,
y más me acurruco, enredándome en el calor de tus brazos.

Por suerte amanece, y luego vuelve a caer el sol,
y me encuentro una vez más ante la misma contradicción.

Es que acaso, ¿no es eso el amor?

El fracaso más necesario...
El más bello de los engaños...

Y así, una noche más...

Te toco para poder dormirme,
y al tocarte no me puedo dormir.

Que bella y horrible contradicción que me despierta tu amor!

La más alegre excitación,
y el más eficaz de los somníferos.

Así es cariño, dormir contigo...

Con la ilusión de que despertare mañana,
con el calor de un nuevo día en la ventana...

Es algo hermoso amor,
dormir contigo...




B.C

martes, 15 de agosto de 2017

DESPRENDIMIENTOS DE CUERPOS



Fluidos que corren por mi mejilla,
Sonidos que sorprenden y contagian.

Desprendimientos de cuerpos.
Lágrimas y sonrisas.

¿Para qué retenerlos?
Acaso, ¿no soy circunstancialmente solo eso?

Fluidos, sonidos...
Propios y ajenos.

Partículas divididas,
que se unen para volver a dividirse.

Fragmentos que se entrelazan con otros fragmentos.
Pedazos de cuerpos que se agitan, vibran, laten...

Lloro porque río, y río porque lloro.

¿Y qué...?



En ningún caso cambiaría las risas de mi corazón por las riquezas de las multitudes; 
ni me contentaría con convertir en quietud a las lágrimas de mi agonía interior.
Es mi ferviente deseo que toda mi vida en esta tierra sea por siempre de lágrimas y sonrisas.

Las lágrimas que purifican mi corazón y me revelan el secreto de la vida, y sus misterios.
La risa que me acerca a mis prójimos.
Las lágrimas que me une a los desdichados.
La risa que simboliza la dicha de mi propio ser.

Prefiero mil veces la muerte feliz antes que una vida vana e inútil.
Un ansia eterna de amor y belleza es mi deseo; 
ahora se que los favorecidos no son sino desdichados, pero para mi espíritu los suspiros de los amantes son más reconfortantes que la melodía de una lira.

Lágrimas y Sonrisas, Gibran Khalil Gibran.




B.C

URGENTE: SE BUSCA PRINCESA PARA PRÍNCIPE DESTEÑIDO

ARTISTA ENCUBIERTA: ESTHER PELLEGRINO -¿Quién es? No me molesten. Estoy leyendo! -Disculpe señorita. Tiene 72 mensajes en 5 gru...